De mis anécdotas
Por Julio Olvera
De ninguna manera es mi intención presumir que lo conocí (bueno, sí). Lo vi apenas tres veces en mi vida, todas en octubre de 1981. El primer encuentro que tuve con «El Samurai de la canción» se produjo una tarde en una bodega donde él y su grupo musical ensayaban, allá por los rumbos de Viaducto Río Piedad, entre lo que hoy es Congreso de la Unión (antes Francisco Morazán) y Francisco del Paso y Troncoso o Eje 3 Oriente, del lado de la colonia La Cruz Coyuya, en Iztacalco.
Me enteré semanas después que en ese predio su familia almacenaba cacahuates «japoneses» y que el dueño de la marca Nipón, el inmigrante Yoshigei Nakatani, era padre de «Yoshio». Aunque en ese tiempo ya era famoso, honestamente sobre este cantante de ascendencia japonesa conocía poco, pero sí sabía de esos cacahuates que compraba en la tienda del barrio.
¿Qué hacía yo ahí? Acompañé como chalán a un vecino, en su camión de tres toneladas. Pasamos a recoger instrumentos musicales y demás equipo de trabajo. Los trasladaríamos hasta Puerto Vallarta, donde días después Yoshio haría una presentación en un palenque.
Luego de un viaje de 15 horas, llegamos a ese hermoso destino turístico del Pacífico mexicano, en Jalisco, alrededor de las dos de la madrugada. Mi patrón ubicó el camión en un cajón del estacionamiento del lujoso Hotel Sheraton Buganvilias, cerca de la caseta de vigilancia. Me dijo:
–Mañana temprano buscamos a la gente que nos recibirá para indicarnos donde descargaremos.
Me quedé pensativo unos segundos y luego le pregunté:
–¿En dónde vamos a dormir? –Aquí mismo, me contestó, un tanto molesto y sudoroso, señalando con su dedo índice hacia abajo, el asiento del camión.
Sin pensarlo dos veces, le pedí al patrón que me acompañara. Me encaminé hacia la recepción del hotel y me presenté ante la joven que atendía en el mostrador. Fui directo: –somos quienes traemos los instrumentos de Yoshio, ¿habrá alguna habitación para nosotros?
–Déjeme revisar, me respondió amablemente la chica, al tiempo que comenzó a buscar en su libro de registro, con conocimiento previo de que, efectivamente, el cantante estaría en ese hotel. –Hay varias habitaciones reservadas.
–Muy bien, le dije. –¿Podría darnos la llave de la nuestra?
–Proporciónenme sus datos para registrarlos, nos pidió.
El patrón no daba crédito de lo que yo había hecho; él traía la idea de que dormiríamos en el camión, incómodos y sucios tras el largo y agotador viaje.
Preocupado por la atrevida acción, el patrón me reclamó y amenazó con hacerme pagar si nos cobraban la ocupación de la habitación. Eso era lo único que le preocupaba. Claro, era el patrón, aunque era lógico: el servicio de transporte no estaba pagado todavía y habíamos viajado limitados de dinero. Había también preocupación por la seguridad tanto del camión como de la carga. Lo de menos hubiera sido dormir en el camión o al menos irnos a un hotel económico. Pero no fue así.
A la mañana siguiente, después de un rico baño y justo cuando tomábamos el desayuno-bufete como un par de turistas más, se acercó quien se presentó como representante del cantante. Nos dejó en claro que para nosotros no estaba destinada ninguna habitación, por lo que exigió que la desalojáramos inmediatamente.
Mi patrón enmudeció. Sus ojos bien abiertos eran evidente expresión de asombro y vergüenza. Me tocó a mí enfrentar la situación:
Mire, señor. Yo pregunté si había habitación para nosotros y nos dijeron que eran varias las reservaciones. Asumimos que una de ellas era para nosotros, como parte de su «staff».
–¡Ah, no! Ustedes no están incluidos. En ningún momento se consideró esto, enfatizó el hombre con cierto enojo y quien vestía bermudas caqui, camisa blanca y mocasines color miel.
Yo, en camiseta blanca, mezclilla y zapatos tenis blancos, insistí: ¿acaso no traemos nosotros todo su equipo?
–Por supuesto que lo traen, para eso se les contrató, espetó. Reviré de inmediato: también cargamos y descargamos.
En medio de esa discusión, se acercó el hombre de rasgos orientales. Era la segunda vez que lo veía. Yoshio preguntó a su representante qué ocurría y éste, alterado, le comentó lo sucedido. Sospecho –porque algo le dijo al oído– que le habría pedido que nos hiciera pagar el costo de la habitación y los gastos por consumo que habíamos hecho (dos refrescos y dos sándwiches de jamón con queso), incluido el desayuno en el restaurante del hotel.
Yoshio no lo pensó mucho: «déjalo así, que se queden también está noche», fueron las palabras que pronunció Yoshio, que en japonés significa «hombre noble». La tercera y última vez que vi al intérprete de “Reina de corazones” y “Lo que pasó, pasó” fue la noche del concierto en el palenque, donde esperamos hasta casi el amanecer para cargar de nuevo los instrumentos en el camión, ahora de regreso a la Ciudad de México.
Yoshio, cuyo nombre verdadero era Gustavo Nakatani Ávila, fue considerado en varios festivales OTI de la canción el mejor intérprete y fue uno de los iconos de la balada romántica en los años 70 y 80 del siglo pasado. Tristemente, ayer, miércoles, 13 de mayo, se sumó a la lista de víctimas del nuevo coronavirus Sars-CoV2 (Covid-19).
BdO/JOA