Las ratas y el coronavirus

Historias de la ciudad

La siguiente historia pareciera ser la del clásico «primo de un amigo» y muy probablemente ya la conozcan; sin embargo, por el interés del tema, no está por demás recordarla.

De regreso a casa, el conductor del taxi rosa y blanco en el que viajaba me comentó haber sido testigo, un día de las últimas semanas –cuando «hacía base» frente a una zona comercial equis–, de una modalidad de los delincuentes para asaltar en estos tiempos de coronavirus.

Este jovial hombre, de unos 60 años de edad en su modesto automóvil Tsuru, con peluche rojo en el tablero (faltaron los muñequitos como adornos), es el característico taxista platicador, un «todólogo» que algunos pudieran considerar un fiel cronista de ciudad. El chófer me relató cómo las ratas aprovechan las filas que hacen los cuentahabientes en el exterior de bancos para ingresar paulatinamente a la sucursal, como una manera de «mantener la sana distancia» ante la pandemia del Covid-19.

Por lo regular, son dos o hasta tres maleantes que se forman coordinadamente, de tal manera que acorralan a su víctima, la cual casi siempre es quien está al final de la fila, el más alejado.

Uno de los asaltantes, el que está a la espalda de su «presa», amenaza con pistola o un arma punzocortante (cuchillo o navaja). Con un cómplice que se coloca delante, obligan a la víctima a alejarse de la fila para luego despojarlo de cartera, teléfono y otros objetos de valor (reloj, y cadenas y pulseras de oro). Ocasionalmente un tercer delincuente, que aparenta ser afable, como si se conocieran, puede estar ubicado a un costado.

En menos de un minuto se cometió el robo, ante la ausencia de policías y sin importarle a los rateros la posible presencia de cámaras de videovigilancia en la calle.

La prensa ha dado cuenta de este tipo de casos y de persecuciones policiales que se han dado para detener a los ladrones tras haber sido denunciados.

BdO/joa